Todavía es común escuchar en diversos estratos de la sociedad mexicana actual, tener padecimientos como “el susto”, “el empacho”, “el mal de los nervios”, “el mal de ojo”, “los aires”, etc. También sabemos que detrás de estos conceptos, no sólo existe el equivalente biomédico como el estrés, la indigestión, las enfermedades respiratorias, algún padecimiento mental, sino determinaciones sociales que reflejan la pobreza, la marginación, la ignorancia, la explotación, transmutadas en un amplio escenario de padecimientos que abarcan desde enfermedades de transmisión sexual, hasta la creencia en la posesión corporal por parte de duendes o demonios.

Ramón Carrillo (citado por Pesatti, 2006) ha dicho que, “frente a las enfermedades que generan la miseria, frente a la tristeza, a la angustia y al infortunio social de los pueblos, los microbios como causa de enfermedades son unas pobres causas” (Párr. 1).

Por su parte, Nancy Scheper-Hughes (1993), al estudiar “el mal de los nervios” en las favelas brasileñas, no encontró un referente biomédico propiamente dicho, sino la pobreza estructural de las comunidades que viven en la marginación social. En este sentido, el infanticidio en esas comunidades, es una práctica consensuada, sobre todo cuando el recién nacido tiene pocas posibilidades de vivir.

García Martínez (citado por Paymal, 2017) nos ejemplifica el desconocimiento del médico frente a la carga cultural de muchos padecimientos:

Imagínense la angustia del médico que tiene que consultar padecimientos como «caída de la
mollera», «pérdida de la sombra» «niños que están enfermos de susto» o de «empacho», «niños
éticos». Yo no sabía de qué se trataba. Después lo supe … es una manera de nominar a una
desnutrición severa, pero para mí era angustiante porque le preguntaba a mi enfermera: ¿y
cuáles son los niños éticos? y ella me decía «los éticos son como los marláchicos» «¿y cuáles
son los marláchicos?» «pues como los chípiles» Eso empezó a generar la preocupación de que los
estudios de medicina no eran suficientes para este México nuestro (Párr. 5).

Uno de los rasgos epistemológicos y metodológicos de nuestra cultura occidental, es encontrar las causas a los fenómenos. En este sentido, no podemos ignorar los diversos orígenes y procesos que están presentes en nuestra diversidad cultural

Los conceptos tradicionales sobre enfermedad, salud, curaciones, no debemos entenderlos como entidades semánticas aisladas, sino como procesos histórico-culturales.

De este modo, ubicamos el distanciamiento entre los sistemas de pensamiento occidental y los arraigados en muchas comunidades de nuestro país, en donde prevalecen cosmovisiones prehispánicas y las que han sido fruto del sincretismo cultural a través de los siglos.

Se deben buscar puentes que permitan la comunicación para atender los padecimientos de salud, sin herir las herencias culturales comunitarias.

La medicina tradicional no es una anomalía en un mundo de avances tecnológicos, o una curiosa atracción turística, sino como dice Cabieses (citado por Espinoza, 2010), es un complejo sistema de pensamiento:

Una partera que va a la casa de la parturienta se ocupa de todo, hasta de cocinar. El ginecólogo dice que lo llamen cuando la mujer esté dilatada. Son formas de ver la vida y de entender el concepto ‘salud’. Los criterios de bueno y malo o sano y enfermo varían con la cultura. Cambian las cosas sin que uno diga qué barbaridad, cómo hicieron eso; nuestros criterios de validación de la realidad son muy diferentes (p. 362).

Espinoza y Lagos (2010) al cuestionar al médico y antropólogo Cabieses, sobre la manera en que las pacientes tradicionales consideran el origen de los padecimientos, considera que sí se puede implementar una terapia integral:

hay tres elementos en una persona enferma: (a) necesita que lo curen; (b) necesita que lo cuiden, y cuidar significa cariño, algo más humano, y (c) el paciente debe sentir deseos de sanarse, no tirarse a muerto. … Al paciente hay que hablarle para que tenga ganas de recuperarse(pp. 361-362).

El psicólogo, en un trabajo interdisciplinario, entre el antropólogo, el sociólogo, el trabajador social, entre otros profesionistas, pueden incidir en temas de salud relacionados con comunidades tradicionales, que permitan un puente discursivo constructivo, en donde sea posible no sólo los procesos académicos de investigación, sino acciones concretas de intervención para coadyuvar a problemas de salud pública.

Referencias bibliográficas:

Clemente, M. (1993). La dimensión aplicada de la psicología social. Madrid: Universidad Complutense. Pp. 317 -333

Espinoza, P., Lagos, P. (2010). Entrevista al doctor Fernando Cabieses, médico neurocirujano y antropólogo. Chungará, Arica, Vol. 42, N. 2 Pp. 357-362.

Paymal, N. (15 de marzo de 2017). Antropología de la salud: los niños éticos. Una antropóloga en la luna. Recuperado de http://unaantropologaenlaluna.blogspot.mx/2017/03/antropologia-de-la-salud-los-ninos.html

Pesatti, P. (2006). Homenaje al pensamiento del Dr. Ramón Carrillo. Argentina: Pelota de trapo.

Rodríguez, A., Assmar, E., y Jablonski, B. (2008). Psicología social. México: Trillas. Pp. 345- 365

Scheper-Hughes, N. (1997). La muerte sin llanto. Barcelona: Ariel.

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